Eclipses: no hay nada que haya impresionado la
imaginación y excitado la atención y la curiosidad
de los hombres más vivamente.
Antonio Vela y Herranz (1865-1924). Director del Observatorio Astronómico Nacional.
Y llegó el día del eclipse
solar total (ver). Por si había alguna incidencia, habíamos preparado un plan
A, B y C y, al final, recurrimos a crear un plan D para asegurarnos poder ver el
fenómeno astronómico.
La meteorología estaba algo revuelta en algunas zonas de las elegidas y nos acabamos decantando por acortar del desplazamiento e ir a las Cumbres de Calicanto (entre Chiva y Torrent, en Valencia), donde mi amigo y gran meteorólogo Pedro J. Gómez (fundador de MeteOrihuela (ver) y ahora miembro del equipo de Aquí la Tierra (TVE1) (ver)), nos aseguraba que “todo irá bien”.
Y así fue, y mucho más que bien.
Para escoger un buen sitio y cómodo,
antes de la una de la tarde ya estábamos montando las sillas y las mesas y, sobre
todo, las esenciales sombrillas que nos hicieran más llevadera la espera. Antes
que nosotros, otras personas ya habían hecho lo propio en las cercanías.
La tarde fue pasando y cada
vez llegaba más y más gente, cortando la policía el acceso en vehículos. Las sombrillas
parecen una repentina invasión de setas multicolores sobre la ladera. Las nubes
apenas aparecían en el cielo y estaban lejos del punto en el que se eclipsaría
el Sol. No ha de qué preocuparse. Vamos a verlo perfectamente. Más abajo, en la
carretera, ya no hay apenas huecos para aparcar y el tráfico se ha vuelto más
complicado.
A las 19:38:29 llega el inicio
del eclipse parcial. La Luna se va colocando entre la Tierra y el Sol y va
tapando a este con su avance. Todo el mundo (o casi) contempla con las gafas de
eclipse ese primer “mordisco”.
Van pasando los minutos y cada
vez al Sol le “falta” un trozo más grande. La Luna va haciendo más evidente su
movimiento. Se nota más nerviosismo entre la gran cantidad de público que ocupa
el lugar.
Alguien va cantando una cuenta
atrás para estar atentos al momento culminante: el eclipse total. Voy haciendo
fotos con las cámaras. Los objetivos llevan filtros solares para trabajar de
forma segura. Y todos llevamos gafas de eclipse para mirar a simple vista al Sol.
La luz no solo está menguando
muy rápidamente, sino que también está cambiando de color. Son unos tonos
raros, quizás grisáceos, con una luz extraña y tamizada. La brisa varia de dirección
y la temperatura ha caído.
20:32:42
¡YA!
Totalidad.
La Luna se ha interpuesto
entre la Tierra y el Sol. La sombra proyectada nos ha alcanzado. Oscuridad.
Es difícil explicar la sensación.
El Sol es un círculo completamente negro. A su alrededor brillan miles de
puntos y se ven amplias zonas iluminadas en rojo y, más pequeños, amarillos
incluso de tonos verdes. Las rojas son originadas por fulguraciones solares,
enormes llamaradas solares.
Perlas de Baily, anillo de diamantes…
son algunos de los nombres que los científicos les han dado, pero, en ese
momento solo hay que disfrutar de esa visión. Vamos a tener únicamente 50
segundos y no hago ni fotos para no perder ni uno de ellos.
Es increíble. Los que no habíamos
visto ningún eclipse solar total y habíamos leído sobre ellos, no podemos
imaginar qué cortas se quedan las palabras respecto a la realidad. Hay que ver
un eclipse solar total para entender el hecho de que este fenómeno haya
maravillado desde siempre a la humanidad. Ni siquiera los eclipses con un grado
de ocultación del 99% pueden compararse. Ese pequeño porcentaje de ocultación
es gigantesco en este fenómeno.
El público, que parecía como aturdido en los primeros segundos de la totalidad, de repente ha irrumpido en un espontáneo y potente aplauso, acompañado de una larga ovación, como si hubiese necesitado ese breve tiempo para comprender qué estaba ocurriendo en el cielo.
Continua el fantasmal paisaje, con el brillo del anillo que
rodea al Sol mientras todo está oscuro. La brisa sigue cambiando y se nota más
la bajada de la temperatura.
… y cincuenta segundos.
El Sol comienza a aparecer de
nuevo, lentamente. En ese momento, veo cómo pasan varios murciélagos (por el
tamaño, probablemente Pipistrellus pipistrellus) que, como otros animales,
creen que ya ha llegado la noche “de verdad”, aunque queda casi media hora para
que el ocaso se produzca realmente.
El Sol sigue “recuperándose” y, a la vez, va bajando hacia el horizonte. Cuando llega a las lejanas montañas que tenemos al
fondo, ha “crecido” notablemente, pero, con forma de aleta de tiburón, se oculta
hasta el próximo amanecer.
Nuevo aplauso del público, que
es como un agradecimiento por el increíble espectáculo que nos han ofrecido el Sol y la Luna. Ahora
sí que llega la noche de verdad. Los murciélagos siguen volando y seguramente
piensan (algo confundidos) que esa tarde ha ocurrido algo extraordinario con el Sol.
Y es que así ha sido, un eclipse
solar total, un espectáculo astronómico fascinante e inenarrable.
E inolvidable.


































