Desde hace tiempo, la
Cadena SER, junto con la Escuela de Escritores, tienen un concurso de microrrelatos.
Los organizadores del concurso proponen una frase que los participantes deberán continuar a modo de microcuento, que no debe sobrepasar las 100 palabras. Esa frase es la que cierra el relato seleccionado anteriormente. La dificultad es contar una (la mejor) historia con esa limitación de caracteres.
He participado recientemente con los
siguientes:
Frase: Nadie pudo recordar el orden correcto de las cosas.
Creación.
Nadie pudo recordar el orden
correcto de las cosas. Por un lado, un sector espiritual insistía en crear un
conjunto emocional. En contra, los más científicos exigían que todo debía estar
sujeto a sus leyes. Y otros grupos más pequeños propugnaban toda clase de extravagantes
ideas.
Tras un largo debate, hubo
acuerdo y planificaron incorporar los puntos pactados en un periodo de una
semana. Todo fue bien, pero, al llegar al sexto día, advirtieron que no habían
seguido el orden correcto, con resultados desastrosos.
Decidieron parar.
A la pregunta de qué nombre le
darían a aquello, alguien dijo: “ser humano”.
Frase: Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se largan.
Los pliegan, los guardan en
sus bolsos, y se largan. Solo nos dejan una bandera en nombre de la libertad
¿Qué libertad? Ya éramos libres antes de que llegaran los extranjeros con sus
armas y cruces. Nuestro país alcanzaba hasta donde llegaba la vista. Ahora ese
mundo está en un papel y unas líneas rojas señalan cómo lo han repartido. Y con
nosotros dentro de esas marcas, como si fuéramos piedras. Dicen que al otro
lado de la línea viven demonios y que habrá que luchar. ¡Pero si no nos han
hecho nada! El chamán nos anuncia sufrimiento y desaparición.
No podréis.
Los pliegan, los meten en sus bolsos, y se largan. Silencio. La luz del zaguán parece menguar y los rostros palidecen. Se miran entre ellos y sus ojos buscan ayuda. Hay quien mira a su piso. Otros enfocan al suelo. Paco se retuerce las manos grasientas del taller. Angélica aprieta a sus hijos contra el regazo. El andador de Encarna cruje por la presión. Un sollozo rompe el silencio.
Maruja farfulla con su incompleta dentadura. Dice que, después de tantos años, los han echado como a perros.
Ernesto, con chispas en los ojos, grita que ahora se convertirán en lobos.
Frase: Las olas apenas los balancean
Desesperanza.
Las olas apenas los balancean.
La quietud de los barcos es angustiosa, como el silencio reinante. Ni olas, ni gaviotas,
ni personas. Solo un pequeño grupo de pescadores y familiares permanece allí, callados,
inmóviles. Por la bocana aparece el pesquero que esperan. Cinco, seis… siete.
Toda la tripulación regresa a salvo. El patrón va despacio a la proa y mirando
hacia abajo, mueve la cabeza negativamente.
Otra vez volvemos de vacío,
dice, alzando mínimamente la voz.
El grupo se estremece a una. Son
ya demasiados días con las bodegas sin pesca.
El regreso al hogar se hace
largo, muy largo.
Ultramar.
Las olas apenas los balancean.
Las velas están inmóviles. El calor es intenso y el aire se vuelve denso, casi
líquido. Los hombres en cubierta están en silencio, pero las miradas lo dicen todo.
La buena suerte les sonrió y puede que ese sea su último viaje. Todos sueñan
desembarcar pronto y comprarse una casa, grande o pequeña, pero lejos de la mar.
El vigía grita y el capitán se echa el catalejo a la cara. El tiempo, como las
olas y el viento, se detiene.
Piratas, dice nervioso.
Adiós a la casa. Y quién sabe
si a la vida.
Frase: El agente le señala la fila de menores.
1938.
El agente le señala la fila de los menores. El librero, todavía con miedo,
los mira detenidamente. El apedreamiento de su escaparate no había sido un acto
de gamberrismo juvenil. Aquello era distinto, iba más lejos. Era, simplemente, odio.
Sigue mirando a aquel grupo de
pobres desgraciados. Debían vagabundear por las calles, huyendo de la policía y
viviendo de pequeños robos. La profunda crisis que dejó la guerra había llevado
a la pobreza a muchas familias berlinesas.
Uno de los jóvenes le mira con
desprecio.
-Señor Cohen, ¿lo identifica?
El librero, recorrido por un
profundo escalofrío, asiente.
El policía se acerca al chico
y le pregunta el nombre.
-Adolf.
Frase: Sus textos serán insufribles.
La locura maravillosa.
Sus textos serán insufribles. Es
lo que pensó el mesonero mientras escuchaba a aquel cliente. Le resultaba un pedante insoportable. Y no
paraba de contar aquellas historias tan absurdas. Unas veces decía que era marinero,
otras, novelista, poeta o, incluso, recaudador de impuestos. Su triste figura indicaba
cuál debía ser la realidad de la verdadera vida que llevaba. Que había estado preso
sí que parecía algo más creíble para alguien así.
El extraño cliente miró por la
ventana de la venta y gritó de nuevo. Harto, el mesonero, con mala gana, le
dijo:
--Señor, le repito que no son gigantes,
que son molinos.
Otras participaciones: https://eliasgomis.blogspot.com/2012/03/microrrelatos-ser.html







