viernes, 28 de febrero de 2014

FESTÍN (INTENTO DE) EN EL CANYET


Los buitres leonados son unas aves especiales. Más que volar, planean y más que planear parecen haber conseguido formar parte del mismo aire y permanecer en el cielo con la misma facilidad que una nube. Desde hace años, he participado en algunos momentos de la vida de la mayor colonia de Europa: el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia), origen de no pocas aficiones a la naturaleza y, también, del Proyecto Canyet para la reintroducción de estas aves en Alcoy que coordina el FAPAS.

Àlvar Seguí Romá y yo intentamos un festín el pasado día 26, con la colaboración de su padre, Àlvar Seguí Llopis. A ambos, mi agradecimiento por su invitación y esfuerzo.

Pero, los buitres demostraron, una vez más, ser muy especiales y, a pesar de no quitar el ojo a la carne puesta a su disposición, no quisieron bajar a comer.

El día fue muy ventoso y eso suele poner muy nerviosos a los animales, como bien sabemos los fotógrafos de naturaleza. Hay muchos ruidos y objetos que se mueven y eso acentúa la precaución de todos los animales. De todas formas, varios de ellos sí decidieron acercarse a comer y pudimos obtener las imágenes que veis, tomadas desde el cómodo hide que hay en el comedero del Canyet. 

Estornino negro

Urraca, cuervo, estornino negro, lavandera blanca, petirrojo, mirlo común, carbonero común, curruca cabecinegra y pinzón vulgar aprovecharon la comida que se depositó para los buitres. 

Cuervo.

Una pareja de zorros fue la estrella de la jornada. Estaban realmente bonitos, con el pelaje brillante y abundante habitual en la época invernal. Y, como prueba, aquí tenéis un par de fotos:

Uno de los dos zorros que nos visitaron.

Cerca de las tres de la tarde dimos por finalizada la sesión, cuando tuvimos unos quince minutos de una mezcla de débil lluvia, pequeño granizo y fina nieve.


Os dejo con un pequeño vídeo de este intento de festín. Como siempre, recomiendo verlo en 1080HD y a pantalla completa.



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lunes, 24 de febrero de 2014

SIN GOLONDRINAS

Relatos


Cuando mi abuelo me dijo aquella primavera que no llegaban las golondrinas, yo era muy pequeño para entenderlo y hacer algo. Y los que eran mayores y pudieron hacer algo, se rieron de él y de cuantos como mi abuelo insistieron en ese asunto. 


No llegaban las aves migratorias. La televisión y los periódicos se fueron inundando poco a poco de reportajes. Autoproclamados grandes sabios que trataban de explicar lo que era inexplicable, discutieron semanas entre ellos para demostrar quién era el poseedor de la verdadera razón. Eso no sirvió para nada, solo para aumentar su ego y perder el tiempo, un tiempo que no sabíamos entonces cuánto era de valioso. Pero, para ellos, lo más importante era engrosar su currículum aunque tuvieran que pisotear a otros colegas, amigos o desconocidos. Bien acomodados en sus despachos, la realidad tenía que adaptarse a las reglas académicas, a las normas de la naturaleza que el hombre creía entender y ellos no iban a ser quiénes dijeran lo contrario. Ni nada que les pudiera contradecir. Solo lo justo para seguir ahí, apoltronados y fuera del bien y del mal.

Las aves no se habían desplazado esa temporada. Seguían en el mismo lugar en que estaban durante el invierno. Remotas regiones aparecían rebosantes de aves mientras que en otras, no quedaban más que las habituales residentes. Pero para que esa situación ocupara un miserable tiempo en los medios de comunicación, tuvieron que vencer otros temas más importantes, que parecían más importantes. El fútbol o el mundo rosa eran más rentables. Y, además, seguían amodorrando a la sociedad en vez de alarmarla y, por tanto, evitaba que se pidieran explicaciones sinceras y actuaciones eficaces. 

Que las aves no se movieran después de millones de años de sí hacerlo, era poco más que una anécdota sobre la que pasar de puntillas. Cosas de cuatro alarmistas locos de los pájaros. A casi nadie le importaba que siguieran en África cuando debían estar en Europa. ¡Qué cosas les preocupaban a los ecologistas! Desde luego, a los políticos no les preocupaba y a los ciudadanos les importaba más saber los nuevos fichajes de su equipo, el nuevo modelo de su marca de coche favorita o la nueva moda para el verano.

Hasta que ya fue tarde.


Mi abuelo estaba sombrío y cabizbajo. Me iba contando las especies que ya debían adornar nuestros cielos. Tenían curiosos nombres como abejarucos, cigüeñuelas, oropéndolas, tórtolas… pero solo pude verlos en sus viejas fotos y gastados apuntes. Me decía que aquello era muy grave, mucho más de lo que parecía. Yo no alcanzaba entonces a saber cuánto. Lo que sí sabía era que mi abuelo entendía de pájaros y si él lo decía es que teníamos un problema. Luego, cuando me sentaba  ver la televisión, aquello era poco más que una noticia curiosa.

Pero de una curiosidad, pasamos a la catástrofe. En unas pocas semanas, sin que se pudiera reaccionar. Los que se reían de personas como mi abuelo se encontraron con el muro de la realidad. Nada es porque sí, todo tiene una explicación y está relacionado, como un hilo de una red. El ciclo de la naturaleza se interrumpió. Realmente, lo destruimos nosotros, los humanos. Sin las aves migradoras, proliferaron los insectos de todo tipo y la población de roedores se disparó. Las cosechas se arruinaron. Las enfermedades se extendieron, incluso aquellas que creíamos lejanas geográficamente, alcanzando a personas y ganado., con incontables víctimas. El sistema se desbordó. Comenzó la hambruna generalizada. Y los disturbios. Y el caos.

No recuerdo cuánto tiempo ha pasado desde que mi abuelo me dijo que no llegaban las golondrinas. La vida sucumbió tal y como la habíamos conocido y llegó la dura supervivencia. Dolor, dolor y más dolor.



Pero recuerdo perfectamente, con una intensa claridad, que hace una semana vi una pareja de ellas, cantando y persiguiéndose, con el primigenio instinto de perpetuarse. Sobre los calcinados tejados, se fueron perdiendo fuera de la ciudad, volando una al lado de la otra, como si tuvieran miedo de separarse y quedarse solas sobre las ruinas de nuestro mundo.

Si vuelven las golondrinas, puede que aún tengamos alguna esperanza.





►Nota: Casualmente, hoy (24/02/2014) mi amiga Jana Marco anuncia que ha visto la primera golondrina (en este caso, una Golondrina dáurica) de la temporada sobrevolando el Clot de Galvany.


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sábado, 15 de febrero de 2014

DETALLES URBANOS (I)

Descubrir algo significa mirar lo mismo que está viendo todo el mundo y percibirlo de forma diferente. (Albert Szent-Györgyi)



Recorremos espacios y tiempos, gastando la única vida que se nos ha dado y no podemos fijarnos en lo que nos rodea. De vez en cuando, hay que recuperar ese tiempo y mirar nuestros habituales espacios con otros ojos. Descubriremos detalles que nos pasan desapercibidos y que nos enriquecerán.

Nuestras ciudades, el hábitat que más usamos, tienen secretos ocultos a nuestros ojos aunque están ahí siempre.

Casa de Socorro.

Esta es la primera entrega de un vistazo, con más cuidado y detalle, de Alicante.


Palacio Provincial. Avda. de la Estación.


Plaza de los Luceros.

Mercado Central. Placa de cerámica en frontal principal, estilo trencadís.



Mercado Central.

Casa de Socorro. Avda. de la Constitución.

Casa de Socorro.

Casa de Socorro.

Edificio Generali. Rambla de Méndez Núñez.

Rambla Méndez Núñez, 7.

Rambla Méndez Núñez, 7. Detalles de los aleros.

Rambla Méndez Núñez, 7.
  
Rambla Méndez Núñez, 7. Balcón (y un puñado de cables).

Plaza Ruperto Chapí.

Edificio La Equitativa. Bailén, 29.

Castaños, 44. Socarrats y artesonado de madera y bajante de pluviales.

Castaños, 42. Se pueden ver dos tipos de socarrats en los aleros.