miércoles, 4 de abril de 2012

EDWARD S. CURTIS, EL CAZADOR DE SOMBRAS




La desaparición de cada hombre y de cada mujer significa la desaparición de alguna tradición, de algún conocimiento o ritos sagrados que nadie más posee. Por lo tanto, la información que pueda ser recopilada para las generaciones futuras debe recogerse ahora o la oportunidad se perderá para siempre”. (Edward S. Curtis).



Ya hablamos de este fotógrafo en el artículo sobre Fotografía, compromiso y conservación del pasado 10 de febrero (ver) pero desde luego Edward S. Curtis se merecía algo más que aquella breve reseña.

 Edward S. Curtis

Nacido en Whitewater (Winsconsin) en 1868, ha sido uno de los fotógrafos que con su trabajo han conseguido preservar una cultura y una forma de vida, salvándola de perder las señas que les llevaron a ser una nación: la de los indios de Norteamérica. Particularmente, me impresiona el gran objetivo que se impondría y por el que sería conocido.

De pequeño acompañaba a su padre, un pastor que iba predicando por los pueblos. Aquellos largos viajes en caballo, por parajes remotos y salvajes, fueron forjando el espíritu de Curtis. Su formación académica fue muy escasa debido a estos periplos.

Canon Chelly-Navajo (1904) Cañón de Chelly

White Shield (1908) Escudo blanco

En 1895 fotografía a la Princesa Angeline, hija del jefe indio Sealth. Poco a poco y entre otros temas, va haciendo fotos de los indios. Tres años después se encuentra en Mount Ranier con un grupo de científicos entre los que están los antropólogos y naturalistas George Bird Grinell y Clinton Hart Merriam que le animan a que siga documentando el pueblo indio, siguiendo una pauta de trabajo. Al año siguiente participa como fotógrafo en una expedición a Alaska pero es en 1900 cuando se produce un giro en su línea de trabajo.

 A smoke day at the Sugar Bowl-Hupa (1923) Un día brumoso en Sugar Bowl (Taza de Azúcar)

 An Oasis in the Badlands, South Dakota (1905) Un oasis en las Badlands (Malas Tierras), Dakota del Sur



“Esto ha cambiado mi vida”
En esa fecha acompaña a George Bird Grinell a la Reserva India Pigean, en el noroeste de Montana para asistir a la ceremonia de la danza del sol. “Esto ha cambiado mi vida” dijo. Esta tradición india le asombra de tal manera que acaba de convencerse de que esas tribus y sus formas de vida deben ser el objetivo de su vida.

Aquí comienza su gran trabajo, una obra de la que dijo “Es demasiado grande. No viviré para verla completa” y que constituye el mayor trabajo gráfico sobre los pueblos indios de Norteamérica. Hizo sus cálculos y pensó que esa tarea le supondría unos cinco años pero realmente le esperaban 30 largos años tras los indios, haciendo más 40.000 fotografías, registrando más de 10.000 horas de sonidos y cantos tradicionales y también filmando una película. Recorrió miles de kilómetros en busca de las tribus, tomando contacto con aquellos indios, ya rendidos, humillados y forzados a vivir en reservas.

 Cheyenne warriors (1905) Guerreros Cheyenne

At the water's edge-Piegan (1910) En la orilla

Hacía apenas diez años de los terribles sucesos de Wounded Knee: a finales de 1890, medio millar de soldados del Séptimo de Caballería rodearon el campamento Lakota (Siouxs) de Minneonjou, en el lugar conocido como Wounded Knee (Rodilla herida), para forzar a sus ocupantes a abandonar esas tierras y ser deportados a Omaha (Nebraska). Se inició un intercambio de disparos y los militares que cercaban el campamento, lo acribillaron. Murieron veinticinco soldados y ciento treinta y cinco indios lakotas (entre ellos, sesenta y dos mujeres y niños).

En 1973, los indios organizaron otra revuelta en Wounded Knee y tomaron la población como protesta por el hostigamiento del gobierno federal y por el uso de las Black Hills. El sitio de los agentes federales a Wounded Knee duró 73 días y murieron dos indios y un federal resultó herido grave. El actor Marlon Brando se negó a recoger su Óscar por El Padrino y mandó en su lugar a una india apache, como protesta ante los hechos.

 Si Wa Wata Wa (1903). Un brillo de rebeldía y orgullo parece brotar de los ojos en este retrato de un anciano indio Zuni, como si el espíritu de la nación india aún no se hubiera extinguido.

 Noatak child (1929) Niño noatak



Uno de los nuestros
Volvamos con Curtis. No debió ser fácil (con lo que acabamos de ver) que un blanco entrara en el mundo de los pieles rojas. Pero Curtis no consiguió sólo eso, sino que fue considerado como un indio más por las tribus con las que convivió largo tiempo para documentar su obra. Más 80 tribus, muchas de ellas ya totalmente desestructuradas, fueron visitadas por Curtis y su cámara. Aprendió a pensar como uno más de ellos y a entender cómo veían la vida, a pensar de la misma forma que lo hacían los indios, a sentirse uno de ellos y a que ellos hicieran lo mismo respecto a él. La resignación y la humillación sufrida por aquellas gentes no pudo con ese brillo de orgullo que muestran en los retratos que fue tomando, no sólo de los grandes jefes sino de todos los componentes de la tribu que sentaba delante de su cámara.

 The Prairie Chief (1907) El Jefe de la Pradera

Six tribal leaders (l to r) Little Plume (Piegan), Buckskin Charley (Ute), Geronimo (Chiricahua Apache), Quanah Parker (Comanche), Hollow Horn Bear (Brulé Sioux), and American Horse (Oglala Sioux) on horseback. Seis líderes tribales (izda a derecha) Pluma Pequeña (Piegan), Charley Ante (Ute), Gerónimo (Chiricaua Apache), Quanah Parker (Comanche), Oso Cuerno Hueco (Brulé Sioux) y Caballo Americano (Oglala Sioux) a caballo.

No sólo fotografió personas; objetos rituales y cotidianos, ceremonias, momentos especiales, juegos, vestuario, vivienda, alimentación… todo lo relacionado con los indios le interesaba para su trabajo porque sabía que eran efímeros, que sus días estaban contados. Con ese nivel de integración que muchos consideran que fue el máximo al que pudo llegar un hombre blanco, supo transmitir a sus imágenes el sentimiento de un mundo que se iba extinguiendo ya de forma definitiva.

Pero treinta años supusieron no sólo casi toda la vida de Curtis. También fue una tarea que le llevó prácticamente a la ruina. Sólo la ayuda del magnate J.P. Morgan y la del del presidente Roosevelt consiguieron in extremis que los 20 volúmenes y otras tantas carpetas con los fotograbados de Los indios de Norteamérica, la gran obra de Curtis, pudieran ser acabados y publicados. La colección fue impresa con gran calidad, alcanzando precios cercanos a los 3.000 dólares de la época. Las imágenes publicadas fueron la mitad de las que hizo.

 Papago Indian (1907) India Papago

 Geronimo (1907). Se trata del último jefe indio rebelde. En 1896, para la captura de este líder apache y de la treintena de indios que le seguían, el gobierno de los Estado Unidos tuvo que movilizar a 5000 soldados (la tercera parte de los que contaba el ejército en esa época).

El viaje que hizo para fotografiar a los indios de Alaska, en 1927, sería el que culminara esa enorme tarea y cerrará Los indios de Norteamérica.

Curtis falleció en Los Ángeles en 1952, sólo, prácticamente en el olvido y sin que su obra hubiera sido justamente valorada. Una breve esquela en el New York Times citaba la defunción señalándolo simplemente como “fotógrafo”.

Años después y gracias a la tarea de investigadores, la obra de Curtis fue rescatada de ese olvido. Actualmente, casi todas sus fotografías y demás documentos escritos, gráficos y sonoros se encuentran depositados en la Biblioteca del Congreso de Estado Unidos. Buena parte de sus imágenes pueden consultarse en su web.

 Home of the Kalispel (1910) Hogar de los Kalispel

Edward S. Curtis fue el precursor de un nuevo tipo de fotografía en la que se mezclan el arte y la ciencia, el registro gráfico de los últimos momentos de una cultura con la visión respetuosa del artista, una visión comprometida del fotógrafo.


Todas las imágenes son de uso sin restricciones y están disponibles en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Me he permitido poner los pies de foto originales y su traducción al español.


Más información:



viernes, 30 de marzo de 2012

FRANK HURLEY




"Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito."


Desde sus comienzos, la fotografía ha servido como testigo gráfico de nuestro mundo, registrando personajes y momentos únicos, convirtiendo la imagen captada en un instante preservado del olvido.

Grandes acontecimientos han sido fotografiados y con ello han quedado plasmados indeleblemente en nuestra historia gracias a la labor (y, muchas veces también, al sacrificio y al heroísmo) de aquellos fotógrafos que unieron a su preparación y valía el hecho de estar allí, donde se desarrollaba ese momento irrepetible, a pesar de lo duro y peligroso que pudiera resultar.

Entre uno de esos fotógrafos a los que admiro está el australiano James Francis Frank Hurley. Nacido en 1885, realizó reportajes en expediciones antárticas (visitaría seis veces la Antártida entre 1911 y 1932) y fue reportero gráfico del ejército australiano en las dos guerras mundiales, siendo conocido principalmente por la excelente labor que hizo como fotógrafo en la Expedición Imperial Transantártica de Sir Ernest Shackleton, el cual publicó un anuncio en un periódico londinense con el texto que figura al principio de este artículo.

 Frank Hurley con una cámara cinematográfica en 1915.


La Expedición Imperial Transantártica
La historia de la expedición es uno de los mayores relatos de supervivencia y resolución. Su objetivo era cruzar la Antártida (casi 3000 km) contando con dos equipos. Uno iría a bordo del buque Aurora y otro en el Endurance, bajo el mando de Shackleton. La expedición comenzó en 1914 y finalizaría, de modo muy distinto al previsto, en 1917.

En enero de 1915, tras llegar a las aguas antárticas, el Endurance quedó atrapado por el hielo en el Mar de Weddell y fue arrastrado hacia el norte. A pesar de sus titánicos esfuerzos, no pudieron liberar al buque del hielo y el 27 de octubre, Shackleton dio la orden de abandonar el Endurance.

El hielo se cierra cada vez más contra el Endurance.

Sir Ernest Shackleton contempla desolado el paisaje.

El Endurance a punto de hundirse.

Los 27 hombres de la tripulación emprendieron entonces un viaje sobre el hielo hacia la isla Snow Hill cargados con alimentos, equipo y tres pesados botes salvavidas. Ante el mal estado del hielo, el 1 de noviembre tuvieron que desistir y acampar. Tras haber tenido que renovar el emplazamiento del campamento y con los víveres cada vez más escasos, el 8 de abril se partió el hielo sobre el que estaban, quedando a la deriva por lo que al día siguiente se vieron obligados a partir con los tres botes. Las temperaturas (por debajo de -30ºC), el oleaje que rompía sobre las embarcaciones abiertas y la poca comida que llevaban minó la resistencia del grupo por lo que se dirigieron hacia Isla Elefante a la que llegaron el 14, no pudiendo desembarcar hasta un día después.

Ni los perros ni el resto pueden avanzar por el estado del hielo.

 El campamento Océano, montado sobre el hielo ante el hundimiento del Endurance.

Allí establecieron un campamento usando dos de los botes y Shackleton decidió destinar el restante (el James Caird) para tratar de alcanzar la Isla Georgia del Sur, lo que suponía un viaje de 1.300 km y pedir allí el rescate de los quedaban en Isla Elefante. Con víveres para cuatro semanas, los seis tripulantes partieron el 24 de abril de 1916 y viajaron en un bote abierto de 6,85 metros de eslora, atravesando uno de los peores mares del mundo. De hecho, Shackleton dijo que en sus 26 años anteriores de marino nunca había visto olas como aquellas. El 8 de mayo, completamente extenuados, desembarcaban en Georgia del Sur, quedándoles todavía la hazaña de  cruzar a pie la isla por un territorio congelado e inexplorado hasta alcanzar una estación ballenera, donde pudieron ser auxiliados.

Tras cuatro intentos, el 30 de agosto de 1916, los miembros de la expedición que aún seguían en Isla Elefante fueron rescatados.

Todos los componentes del grupo sobrevivieron.


Las fotografías y el fotógrafo
El hecho de que estos épicos hechos llegaran al público se debe a Frank Hurley. El fotógrafo de la Transantártica iba equipado con varias cámaras de cine y fotografía, y sus imágenes han permitido que podamos ser testigos en primera línea de todo lo que ocurrió en esos meses sobre el hielo. Pero fue su entrega (la misma que mostró toda la expedición) la que consiguió fotografías únicas.

Frank Hurley fotografiando el Endurance aprisionado por el hielo en 1915.

Worsley, otro expedicionario, escribía de él: “Hurley es una maravilla. Con alegres blasfemias australianas vaga sólo por todas partes, por los lugares más peligrosos y resbaladizos que encuentra, contento y feliz siempre, pero lanzando tacos si consigue hacer una foto buena o nueva.”

El 17 de agosto de 1915, cuando el Endurance estaba aprisionado irremisiblemente por el hielo, decidió hacer una foto nocturna del buque (tened en cuenta que ese mes corresponde al invierno polar austral, con oscuridad las 24 horas del día), cuando el termómetro marcaba por debajo de los 30 grados negativos, y para ello colocó una veintena de lámparas de magnesio alrededor. “Casi cegado por los destellos, me perdí entre los montículos, golpeándome los tobillos contra cantos de hielo y hundiendo los pies en charcos helados” anotó en su diario.

Cuando el buque se hundía, partido por la presión del hielo, hizo un nuevo intento para rescatar su material. En especial quería recuperar los negativos: “Se encontraban bajo un metro de hielo más o menos blando; me desnudé de cintura para arriba, me zambullí debajo del hielo y los saqué” añadió en su diario.

No dudó en hacer algunos montajes y “preparar” fotografías para conseguir un mayor efecto estético y propagandístico. Y no sólo durante las guerras en las que estuvo como fotógrafo y capitán honorario del Ejército. Ya usó este tipo de fotos en la expedición (más bien, al finalizar ésta) cuando en una imagen en la que se recogía la partida del James Caird hacia la isla de Georgia del Sur para buscar ayuda, eliminó ese bote y colocó otro del tipo “salvavidas” para simular que era el momento en que los expedicionarios que quedaron en Isla Elefante iban a ser rescatados y así disponer de una foto “perfecta” para cerrar las conferencias de la expedición. Desgraciadamente, el original quedó dañado irremediablemente por lo que sólo disponemos de la “copia”.

Casado con una cantante de ópera francoespañola pasó mucho tiempo fuera del hogar. Acabada la segunda guerra mundial, regresó definitivamente a su país, donde no paró de hacer reportajes. Un día, cuando contaba ya con 86 años volvió a su casa de forma temprana, cargado con su pesado equipo fotográfico. Al decirle a su esposa que se encontraba mal, ésta se alarmó. Era la primera vez. Hurley se puso su bata y se sentó en su sofá favorito. Rechazó bruscamente al médico y, al mediodía del día siguiente, falleció.

Kodak nº 3 un modelo de cámara que usó Frank Hurley.

Podemos disfrutar de las imágenes que Hurley obtuvo de la Transantártica de Shackleton tanto en cine como en fotografía. Es especialmente recomendable el libro de Caroline Alexander “Atrapados en el hielo” (editado por Planeta Booket) en el que aparecen muchas de esas fotos y un detallado relato de todo lo acontecido en la expedición. Es un legado que une el arte con un acto de heroísmo irrepetible, mediante el trabajo de Frank Hurley con sus cámaras, en uno de los lugares más desolados y salvajes de la Tierra.

La foto quizás más conocida del Endurance.


Todas las fotografías anteriores (transparencias Paget en color) son de Frank Hurley y de libre uso, propiedad de la State Library of New South Wales, excepto la de la Kodak nº 3, que es mía, tanto la cámara como la foto.


Más información:
Además del libro anteriormente citado, hay mucha información en esta web http://www.kodak.com/US/en/corp/features/endurance/

lunes, 26 de marzo de 2012

PRIMAVERA




Dice la tradición que la primavera da comienzo el 21 de marzo. Pues no es exactamente así: este año ha comenzado a las 6 horas y 14 minutos (hora peninsular) del día 20. A efectos prácticos nos viene dando lo mismo pero lo importante es que ya ha llegado.

Precedida y anunciada por la arribada de no pocas aves migratorias y de los primeros conatos alérgicos, va inundando los días de horas de sol, del orden de unos tres minutos cada día, hasta que llegue el solsticio de verano, que bajo la forma de fiestas de San Juan convirtió su aspecto pagano al religioso oficial.

Un par de eclipses nos quedarán fuera de nuestros ojos, a no ser que podamos irnos a Asia, Oceanía o América. Eso sí, podemos ver (y muy bien) a algunos de esos planetas que nos acompañan como Júpiter, Venus, Marte y Saturno.

Tendremos tres veces la oportunidad de ver la Luna llena: el 6 de Abril, el 6 de Mayo y el 4 de Junio. Siempre es una gozada verla con esa curiosa coincidencia de tamaño que tiene con el Sol ¿os habíais dado cuenta? A pesar de ser 400 veces más pequeña que el Sol, la distancia que separa la Tierra de la Luna hace que ésta parezca del mismo tamaño que el Sol. Y, además, sólo tenemos un astro predominante por el día y otro por la noche, cuando dentro del Sistema Solar todos los planetas (a excepción de Mercurio y Venus, que no tienen ninguno, y el nuestro) tienen más de uno, incluyendo a los dos gigantes (Júpiter y Saturno) ambos con más de 60 “lunas”.


Recordemos que primavera viene de prima (primer) y vera (verdor) por lo que se nos presentan buena oportunidades para hacer algunas fotos y disfrutar de campos y montañas. Venga, a aprovecharla.